Última parte
Me miró y se rió entre dientes, en un repentino ataque de buen humor.
-¿Qué? –mi voz sonó molesta. Hasta ahora no me había dado cuenta de que lo estaba. Había arruinado mi madrugada llena de nubesitas de algodón. Claro que estaba molesta.
-A veces me cuesta entender que vivís en un planeta totalmente diferente.
-¿Qué? –mi voz sonó molesta. Hasta ahora no me había dado cuenta de que lo estaba. Había arruinado mi madrugada llena de nubesitas de algodón. Claro que estaba molesta.
-A veces me cuesta entender que vivís en un planeta totalmente diferente.
-Tendrías que estar acostumbrado, pero, ¿esta vez porqué?
-Tus muecas son de lo más graciosas y no me puedo imaginar en qué estarás pensando para provocarlas.
No contesté, me había buscado los ojos con la mirada. Claramente mis opciones eran de cero sobre un millón. A cinco centímetros de ese bosque frío y penetrante, no había posibilidad de que ganara mi capacidad de reacción.
Al principio no me di cuenta, pero a medida de que la intensidad iba subiendo, empecé a removerme, ansiosa por mirar el cielo, deseosa de salir de la presa de su mirada. Llovía.
Llovía, y sus brazos se extendieron por alrededor de mis hombros envolviendo mi espalda, como para protegerme.
Llovían gotitas esperanzadoras que ojalá hubiesen llevado a un diluvio si había conseguido eso con una simple precipitación veraniega.
Llovieron gotas imponentes cuando su mano se tensó en mi espalda y sus dedos se crisparon, acercándome a él, tratándome de escurrir, parecía.
Llovió un aluvión cuando, de la manera más lenta que hubiese podido concebir, del modo más suave y gentil, sus labios se apoyaron en mi nuca y todo su aliento helado se extendió a través de mi espalda.
Y llovía, llovía a cántaros, porque ahora todo su olor, todo su perfume se me había venido encima, como una nube de gas calmante, como una ola tierna cuando te roza la punta de los dedos del pie.
Llueve, abuela, sacá la ropa del tender, mirá que llueve: Cruz me está abrazando y está contagiándome su perfume mortecino. Llueve, saquen sus paraguas gente de baja estatura, y pinchen a los altos en una ciudad llena de gente ansiosa, miren cuánto llueve: Cruz me está mostrando un pedacito de ese mundo tan suyo. Se viene un diluvio, noticioso, esparzan la novedad, miren cómo llueve: Cruz sonríe contra mi nuca y todo su cuerpo me hunde lentamente.
No contesté, me había buscado los ojos con la mirada. Claramente mis opciones eran de cero sobre un millón. A cinco centímetros de ese bosque frío y penetrante, no había posibilidad de que ganara mi capacidad de reacción.
Al principio no me di cuenta, pero a medida de que la intensidad iba subiendo, empecé a removerme, ansiosa por mirar el cielo, deseosa de salir de la presa de su mirada. Llovía.
Llovía, y sus brazos se extendieron por alrededor de mis hombros envolviendo mi espalda, como para protegerme.
Llovían gotitas esperanzadoras que ojalá hubiesen llevado a un diluvio si había conseguido eso con una simple precipitación veraniega.
Llovieron gotas imponentes cuando su mano se tensó en mi espalda y sus dedos se crisparon, acercándome a él, tratándome de escurrir, parecía.
Llovió un aluvión cuando, de la manera más lenta que hubiese podido concebir, del modo más suave y gentil, sus labios se apoyaron en mi nuca y todo su aliento helado se extendió a través de mi espalda.
Y llovía, llovía a cántaros, porque ahora todo su olor, todo su perfume se me había venido encima, como una nube de gas calmante, como una ola tierna cuando te roza la punta de los dedos del pie.
Llueve, abuela, sacá la ropa del tender, mirá que llueve: Cruz me está abrazando y está contagiándome su perfume mortecino. Llueve, saquen sus paraguas gente de baja estatura, y pinchen a los altos en una ciudad llena de gente ansiosa, miren cuánto llueve: Cruz me está mostrando un pedacito de ese mundo tan suyo. Se viene un diluvio, noticioso, esparzan la novedad, miren cómo llueve: Cruz sonríe contra mi nuca y todo su cuerpo me hunde lentamente.
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