No había remedio, no había razón. Las noches de insomnio violentas la querían matar y casi indudablemente, siempre triunfaban. La dejaban hecha pedazos, para que el cielo de la otra mañana no cumpla su efecto renovador. Nunca era un nuevo día ni una nueva página. Era una hoja sin fin. Rutinaria. Repetitiva.

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