Para adelante, para atrás. Mecerse. Las manos envueltas en las rodillas. Movimientos seguros, tibios, que llevaban a un lugar conocido y fiable. Para adelante, para atrás. Seguridad, confort. Nada de pensar. Mecerse. Una, y otra, y otra vez…
“Quizá –pensaban en voz alta los médicos psiquiátricos, neurólogos, cardiólogos y vaya a saber qué otras especialidades que nada tenían que hacer en ese cuarto- quizá así se libre de escuchar las voces.”
Voces me repetí en mi fuero interno. Voces. Voces. Simplemente, voces. Una palabra clave, dominadora de mi mundo entero. Una combinación de consonantes y vocales que destruían mi sistema inmunológico, poniendo en ridículo todas las defensas que mi cuerpo alguna vez se esforzó en generar. Un par de letras insignificantes, y todo dolor, todo rincones oscuros, todo noches agonizantes, todo lágrimas que no se atrevían a salir. Voces.
“Quizá –pensaban en voz alta los médicos psiquiátricos, neurólogos, cardiólogos y vaya a saber qué otras especialidades que nada tenían que hacer en ese cuarto- quizá así se libre de escuchar las voces.”
Voces me repetí en mi fuero interno. Voces. Voces. Simplemente, voces. Una palabra clave, dominadora de mi mundo entero. Una combinación de consonantes y vocales que destruían mi sistema inmunológico, poniendo en ridículo todas las defensas que mi cuerpo alguna vez se esforzó en generar. Un par de letras insignificantes, y todo dolor, todo rincones oscuros, todo noches agonizantes, todo lágrimas que no se atrevían a salir. Voces.
Y qué iban a saber ellos. Sé paciente. Quizá eso haya venido de mi cerebro. Quizá de afuera. No había diferencia alguna, parecía ser que todo estaba tintado de un mismo matiz. Al fin de cuentas, eran todas voces.
Mecerse ayudaba a que mi ritmo cardíaco no sea tan irregular, me aseguraba alguien cuya existencia en la vida real no podría certificar. Ayudaba a sobrevivir, pero era más una cuestión de obediencia que de instinto de supervivencia. En el lugar caótico y chiquito en el que se había convertido mi mente, parecía que ya tenían sus jerarquías. Todo un pueblo. Toda una tiranía. Todo un sistema trabajando en conjunto con el único fin de destruirme. Por lo menos tendría que hacérselo difícil, pero entregarme se veía tan tentador.
En un lugar de ese país mental fui consciente de que algo que probablemente me ayudaría a mantenerme cuerda se me estaba escapando. O quizá sólo era una trampa inteligente del pueblito para hacer que siga viviendo y poder matarme en vida. Destruirme y no dejar salida. El horror de ser y seguir siendo. Entregarse… Cada vez más seductor.
Mecerse ayudaba a que mi ritmo cardíaco no sea tan irregular, me aseguraba alguien cuya existencia en la vida real no podría certificar. Ayudaba a sobrevivir, pero era más una cuestión de obediencia que de instinto de supervivencia. En el lugar caótico y chiquito en el que se había convertido mi mente, parecía que ya tenían sus jerarquías. Todo un pueblo. Toda una tiranía. Todo un sistema trabajando en conjunto con el único fin de destruirme. Por lo menos tendría que hacérselo difícil, pero entregarme se veía tan tentador.
En un lugar de ese país mental fui consciente de que algo que probablemente me ayudaría a mantenerme cuerda se me estaba escapando. O quizá sólo era una trampa inteligente del pueblito para hacer que siga viviendo y poder matarme en vida. Destruirme y no dejar salida. El horror de ser y seguir siendo. Entregarse… Cada vez más seductor.
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