Parte III

Dos cuadras y una sarta de blasfemias pasando por mi cabeza después, se dio vuelta, como quien no quiere la cosa. Creo que siempre quise suponer que él realmente no sabía que yo estaba ahí, era una forma de no decepcionarme, de tener algo en lo que creer.

Me dedicó una mirada larga y cargada de mil emociones de las cuales pude distinguir unas pocas: enojo, sorpresa, resignación, y creo haberle visto un poco de... Por supuesto, sé que nunca podría ser eso. El del desdén a la humanidad no tenía capacidad de demostrar que amaba a alguien.

Caminó dando zancadas hasta donde me encontraba yo, inmóvil obviamente, el poder de sus ojos bosque ya me había afectado las funciones motrices incluso considerando que estaba a más de 20 metros. Nada que pudiera hacer para despegar mi mirada de tanta dulzura de alma, de un color que era como asomarse a ver algún bosque de Inglaterra, con el frío casi tangible, marrones verduzcos, verdes marronzuscos, en un eterno ida y vuelta de ganar territorio. Podría reconocer esos ojos entre mil. En fin.

Se paró. Una distancia normal, medio metro o así. Me obligué a salir de la ensoñación a la que me había encadenado esa mirada para apreciar la situación y lo delicioso que se sentía el destino en esos momentos.
Avanzó un paso. Debatiendo contra sí mismo, luchando, parecía maldiciéndose, después dándose ánimos… Seguí quietísima pero ahora pendiente de cada expresión de su cara, concentrada en identificar su lenguaje corporal, esforzándome al máximo para descifrar qué estaría pasando por su cabeza. Por supuesto, no pude.
Otro paso, esta vez más decidido, pero más lento. Como si temiese lastimarme. Como si me estuviese gritando todas las advertencias y las opiniones de los demás. Pobre, qué poco sabía de mi situación si pensaba que iba a escuchar a esas voces. No, peor: pobre de mí que no les daba el interés necesario. Sí, sí. Pobre de mí que iba a caer nuevamente.

Otro más.
Su cara y la mía, y treinta odiosos centímetros que la separaban.
Su mano volando suavemente para moverme un mechón de la colita que se había salido, obedeciendo a la leve brisa que corría. Tirité. Temblé. Vi como sus manos acudían a mis hombros para taparme con su campera en vista de mi fingido frío, lo que no sabían sus extremidades era que esa era mi rutina con él.

Probablemente la voz se me haya agudizado tres octavas. Luchaba para encontrar algo que humedeciera ese desierto en el que se había convertido mi boca. El malestar en mi estómago era cada vez más intenso y las malditas mariposas no me dejaban en paz.

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