Parte II
Agradable, porque podía sentir el canto de los pájaros auguradores de la mañana que se acercaba. Deben ser las cinco de la madrugada recuerdo haber calculado vagamente, sin darle demasiada importancia al asunto.
La calle estaba tan linda, tan pacífica… Nubes del algodón que caía en pequeñas esferitas revoloteaban a mi alrededor y todo parecía estar coronado con ese aura de estupor de los domingos a la mañana, bien temprano.
Andaba lento, marcando un ritmo acompasado a claro de luna. De eso también me acuerdo: salí de mi casa (y un poco, de mi cabeza) después de haber escuchado 8 veces seguidas esa melodía, en su versión de Debussy.
En cierto modo pensar tanto me había hecho bien, ahora mi mente parecía estar en una relajación producida por el esfuerzo de 2 horas imaginándome escenarios perfectos, personas perfectas y sentimientos imperfectos, todo en uno. Estaba tranquila, en blanco. No me concentraba mucho en nada y tampoco vagaba por la galaxia… Estaba algo así como rondando por donde está la capa de ozono: sin tocar el cosmos, pero tampoco cerca de la tierra.
Pero (y sí, en estos estados otra cosa que un “pero”, determinador de que algo de la perfección de todo lo que estaba pasando iba a terminar mal, no se puede esperar. Mi vida no iba a ser tan placentera como para darme un momento en el que pueda pensar únicamente en las nubes de algodón, ¿o sí?) me tropecé con esos pasos desvelados.
Esos, sus pasos desvelados. No entiendo en ese momento cómo no lo predije. El insomnio era su marca registrada. Cuántas veces habré imaginado que esos ojos despiertos me levantarían a mí y me mostrarían un poco de su mundo, para entender cómo funciona su cabeza o por lo menos para dejarme entrar en uno de los aspectos de su personalidad obsesionadora…
En fin, eran los suyos. Se unió a mi calle una cuadra más adelante que yo y me quedé anonadada, no sabía si actuar normal (que hubiese sido lo más placentero), si empezar a hiperventilar con la que se me venía para controlar mis impulsos, o si parar ahí mismo y escaparme lo más rápido posible de esos ojos bosque y esa belleza atronadora.
No. No iba a dejar que arruine mi nochesita de nubes de algodón. Me iba a quedar.
A lo que no estaba para nada preparada era para su reacción.
La calle estaba tan linda, tan pacífica… Nubes del algodón que caía en pequeñas esferitas revoloteaban a mi alrededor y todo parecía estar coronado con ese aura de estupor de los domingos a la mañana, bien temprano.
Andaba lento, marcando un ritmo acompasado a claro de luna. De eso también me acuerdo: salí de mi casa (y un poco, de mi cabeza) después de haber escuchado 8 veces seguidas esa melodía, en su versión de Debussy.
En cierto modo pensar tanto me había hecho bien, ahora mi mente parecía estar en una relajación producida por el esfuerzo de 2 horas imaginándome escenarios perfectos, personas perfectas y sentimientos imperfectos, todo en uno. Estaba tranquila, en blanco. No me concentraba mucho en nada y tampoco vagaba por la galaxia… Estaba algo así como rondando por donde está la capa de ozono: sin tocar el cosmos, pero tampoco cerca de la tierra.
Pero (y sí, en estos estados otra cosa que un “pero”, determinador de que algo de la perfección de todo lo que estaba pasando iba a terminar mal, no se puede esperar. Mi vida no iba a ser tan placentera como para darme un momento en el que pueda pensar únicamente en las nubes de algodón, ¿o sí?) me tropecé con esos pasos desvelados.
Esos, sus pasos desvelados. No entiendo en ese momento cómo no lo predije. El insomnio era su marca registrada. Cuántas veces habré imaginado que esos ojos despiertos me levantarían a mí y me mostrarían un poco de su mundo, para entender cómo funciona su cabeza o por lo menos para dejarme entrar en uno de los aspectos de su personalidad obsesionadora…
En fin, eran los suyos. Se unió a mi calle una cuadra más adelante que yo y me quedé anonadada, no sabía si actuar normal (que hubiese sido lo más placentero), si empezar a hiperventilar con la que se me venía para controlar mis impulsos, o si parar ahí mismo y escaparme lo más rápido posible de esos ojos bosque y esa belleza atronadora.
No. No iba a dejar que arruine mi nochesita de nubes de algodón. Me iba a quedar.
A lo que no estaba para nada preparada era para su reacción.
Comentarios
Publicar un comentario