La escritura me persigue.
La noche que se acerca me asusta de tan predecible.
Las ganas de pensarlo se intensifican.
Mi sentimiento de idiotez, más.
Las voces en mi cabeza gritan, ahuyentan a cualquier sonido nocturno pacífico.
Mi cerebro susurra pidiendo paz.
Mi corazón se cansa de la batalla fácilmente y baja los brazos.
Mi cuerpo no quiere cooperar.
Mi inspiración no cede.
La noche se hace profunda y espectral, casi como todas las de por acá.
Las imágenes en mi cabeza parecen estar jugándome una mala pasada.
Devuelta.
Como siempre.
Como nunca debería haber sido.
Como todo lo que me merezco que sea.
Y todavía me hago cargo.

Esta noche reclama un alma desconsolada más, y, a estas alturas, ya no estoy dispuesta a luchar por ese trozo muerto de mi existencia que algún día lejano y perdido en la eternidad me hizo volar.

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