El cuaderno y la lapicera me esperaban en la silenciosa
mesada de mármol, comprometedores, expectantes. Fieles como siempre a su fin de
hacerme sentir culpable como ninguna otra cosa podría. Estando ahí y estando en
todas partes, en cada pensamiento metafórico que tengo, en cada avalancha de sentimientos
por la cual me veo atacada –y vencida- la mayor parte de las veces.
Imágenes pasan por mi cabeza. Los pasos que deberían estar
deambulando con notado deje de insomnio por la casa están tan lejos que el nudo
que se me forma en el pecho es inminente.
Me siento un poco idiota. Un poco mucho. La noche prometía
todo lo que estaba destinada a ser: pasajes oscuros con destinos infinitos y
perfectos, golpes de suerte repentinos, recreos para respirar de vez en cuando.
Y hoy decido escribirte devuelta, permitiendo que sigas
siendo ese veneno que invade cada célula de mi cuerpo dejándome un sabor amargo
con tus rutinarias huidas. No sé qué va a ser de mí ahora, destinatario. No sé
que me espera. No sé que esperé tampoco. Supongo que pretendí mucho de alguien
que me lo dio todo en una forma tan desagradable que se volvió en nada, y hasta
en menos de lo que tenía antes.
Hay muchas cosas que
no sé desde que lo conozco. Viví (y vivo) pensando en que son más las cosas que
me saca que las que me deja y no creo estar muy lejos de la realidad pero, ¿cómo
tener la certeza?
Y se me va el aliento, y sigo pensando el porqué de la
humedad en mis mejillas, y se me amontonan tantas razones que recuerdo porque
las quería olvidar. Quiero quedarme nula un rato. Sólo este, sólo el que me
concedieron, sólo el que debería tener de vez en cuando.
Ya no me quedan más lágrimas para ser feliz. Sobrepasé.
Mil lunas y otros millones de soles más se despiertan seguros
y concretos en busca de su amor primerizo.
Pobres, no saben que todo se hace por primera vez, pero de un modo
eterno.
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