A veces es lindo estar sola, piensa Carola despacio, para no perturbar la armonía que ahora reinaba mágicamente en su cabeza.
Y se le mezclan recuerdos con olor a desinfectante de jazmín, pasto mojado por la lluvia, sonrisas contagiosas y miradas dulces, propias del amor.
Se frustra y bufa ante la idea marcada que tienen todos sobre este tema: amor también es la risa de un bebé, el abrazo de alguien a quien extrañaste toda tu vida, la identificación que sentís en las letras de una canción que escuchaste en la radio.
...Aunque las parejas son adorables también- finaliza, dado que la imagen de Pedro se le había aparecido, justo cuando estaba desprevenida. Como siempre.
Sonríe, tierna, ingenua, con un millón de esperanzas en sus ojos claros. Parece ser que hoy hay un lindo ambiente en lo que respecta a su humor.
Prende un sahumerio, de esos que compró con Pedro el viernes, un día contra todo pronóstico soleado, debido a la inminente condición invernal que tenía Argentina por esas fechas.
En aquella salida se había sentido espléndida. Recorrió todas las ferias posibles, sacando a pasear la enamorante sonrisa de su Pepe, mejor amigo. Habían charlado muchísimo y las risas abundaron. Socializaron con los vendedores, se hicieron rastas, compraron pulseritas artesanales casi en demasía, tomaron un licuado, golosos.
La actividad más sorprendente, nueva y entretenida que pudieron hacer fue a aprender a estar juntos. A conocerse. Aprender a quererse.
Así, con su inquietud y sus ojos misteriosos y su pelo enrulado y su personalidad mágica, con todo había pensado Pedro mientras la miraba, absorta observando las olas del río Tigre.
Luego habían ido al parque de diversiones, como niños pequeños. La habían pasado tan bien en su infantilidad, usualmente eran algo soberbios con sus dieciséis primaveras, alegaban ser “demasiado grandes para esas tonteras”, que les habían gustado tanto... No entendían cómo no habían ido antes.
Carola sonríe con los ojos al recordar todas esas risas, esos momentos que la llevaban a envolverse en un mundo de pochoclo, manzana acaramelada y río.
El agua del té de canela que se va a tomar hierve en el tiempo que ha pensado esto.
La sirvió en la taza delicadamente, dejándolo reposar al contrario de su personalidad, que generalmente lo apura escurriéndolo, subiéndolo y bajándolo, mareándolo un poco. Pero hoy no.
Lo hace naturalmente dulce, casi demasiado, aunque ella parece disfrutarlo.
Se acuesta en su cama. Suavemente cierra los ojos, pero no duerme. Es sólo que así se puede hacer su propia fantasía, su pequeño sueño, con olor a sahumerio, té de canela, Pedro y niños riéndose.
No quiere ser su novia, no. Es una personalidad que la seduce, claro, cómo no habría podido. Pero no quiere tampoco abrumarlo, llenar de compromisos esa versión de ella misma tan diferente y encantadora que aparecía cuando estaban juntos.
Tampoco estoy segura de si a él le agrada, pequeño, insignificante detalle.
Delibera por unos momentos, se decide.
Saca su celular de su lugar habitual, debajo de la almohada, y textea, rápida, concentrada, dudando si será mucho pero casi forzada por el impulso.
En la casa de los Serter alguien pisotea desde arriba, festeja, ríe.
Es Pedro. Acaba de recibir un mensaje, pensando proveniente de su madre, pero no, agradablemente, no. Lo mira una y otra vez, lo relee, chequea si es de quien es. Sí, indudablemente sí, es de Carola.
‘Gracias por tu magia’
Y se le mezclan recuerdos con olor a desinfectante de jazmín, pasto mojado por la lluvia, sonrisas contagiosas y miradas dulces, propias del amor.
Se frustra y bufa ante la idea marcada que tienen todos sobre este tema: amor también es la risa de un bebé, el abrazo de alguien a quien extrañaste toda tu vida, la identificación que sentís en las letras de una canción que escuchaste en la radio.
...Aunque las parejas son adorables también- finaliza, dado que la imagen de Pedro se le había aparecido, justo cuando estaba desprevenida. Como siempre.
Sonríe, tierna, ingenua, con un millón de esperanzas en sus ojos claros. Parece ser que hoy hay un lindo ambiente en lo que respecta a su humor.
Prende un sahumerio, de esos que compró con Pedro el viernes, un día contra todo pronóstico soleado, debido a la inminente condición invernal que tenía Argentina por esas fechas.
En aquella salida se había sentido espléndida. Recorrió todas las ferias posibles, sacando a pasear la enamorante sonrisa de su Pepe, mejor amigo. Habían charlado muchísimo y las risas abundaron. Socializaron con los vendedores, se hicieron rastas, compraron pulseritas artesanales casi en demasía, tomaron un licuado, golosos.
La actividad más sorprendente, nueva y entretenida que pudieron hacer fue a aprender a estar juntos. A conocerse. Aprender a quererse.
Así, con su inquietud y sus ojos misteriosos y su pelo enrulado y su personalidad mágica, con todo había pensado Pedro mientras la miraba, absorta observando las olas del río Tigre.
Luego habían ido al parque de diversiones, como niños pequeños. La habían pasado tan bien en su infantilidad, usualmente eran algo soberbios con sus dieciséis primaveras, alegaban ser “demasiado grandes para esas tonteras”, que les habían gustado tanto... No entendían cómo no habían ido antes.
Carola sonríe con los ojos al recordar todas esas risas, esos momentos que la llevaban a envolverse en un mundo de pochoclo, manzana acaramelada y río.
El agua del té de canela que se va a tomar hierve en el tiempo que ha pensado esto.
La sirvió en la taza delicadamente, dejándolo reposar al contrario de su personalidad, que generalmente lo apura escurriéndolo, subiéndolo y bajándolo, mareándolo un poco. Pero hoy no.
Lo hace naturalmente dulce, casi demasiado, aunque ella parece disfrutarlo.
Se acuesta en su cama. Suavemente cierra los ojos, pero no duerme. Es sólo que así se puede hacer su propia fantasía, su pequeño sueño, con olor a sahumerio, té de canela, Pedro y niños riéndose.
No quiere ser su novia, no. Es una personalidad que la seduce, claro, cómo no habría podido. Pero no quiere tampoco abrumarlo, llenar de compromisos esa versión de ella misma tan diferente y encantadora que aparecía cuando estaban juntos.
Tampoco estoy segura de si a él le agrada, pequeño, insignificante detalle.
Delibera por unos momentos, se decide.
Saca su celular de su lugar habitual, debajo de la almohada, y textea, rápida, concentrada, dudando si será mucho pero casi forzada por el impulso.
En la casa de los Serter alguien pisotea desde arriba, festeja, ríe.
Es Pedro. Acaba de recibir un mensaje, pensando proveniente de su madre, pero no, agradablemente, no. Lo mira una y otra vez, lo relee, chequea si es de quien es. Sí, indudablemente sí, es de Carola.
‘Gracias por tu magia’
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