(fragmento que andaba ganas de ser encontrado, por ahí, en mis cuadernos espiral perdidos. Cabe aclarar que no es una historia real… o por lo menos, no que me haya pasado a mí. O quizá sí. Como siempre, no se entendió. Sigan)

Era julio, como casi todos los días desde que se había ido.

Me levanté lento. Forzándome a ello. Dándome razones para hacerlo, razones que sabía, no eran válidas realmente, pero ayudaban en el disfraz de mí misma desde que me había convertido en… los últimos 4 meses y 16 días desde que ocurrió.

Las nenas jugaban a la soga, a la mancha. Las mujeres estaban recostadas, como si fueran a tomar Sol. Y estaba lejos de mi capacidad de razonamiento. El día era gris. Pesado, como una carga sobre los hombros que hay que llevar porque te obligan a ello. Llovían gotas de agua cristalina, helada, que te enfriaba hasta el alma. Y la gente actuaba como si fuese un día de puro verano o algo así. Patético.

Aunque probablemente… no, definitivamente –me recuerdo a mí misma- la rara era yo. Como siempre. Esos días persistieron desde el 21 de julio, año corriente. Y no era ninguna coincidencia por mucho que me empeñara en hacerlo parecer que sí.

Quizá mi alma estaba tan enredada con mi cerebro que ya no sabía distinguir el clima de mi humor con el verdadero… O que mi cerebro haya perdido completamente el mando, dejándome a cuestas con este dolor sollozante, sofocante.

Y no era normal. Estaba dicho por doctores, psiquiátricos, psicólogos de la mejor calidad. Pero qué podían ser ellos ya más que voces. Como todo lo demás. Voces que me impedían quedarme en mi lugar seguro, mi lugar feliz. Ese que me había armado con la ridícula fuerza restante después de su partida. Pedazito por pedazito, mi corazón pegado con cinta scotch…Le faltaban partes y se distinguían notablemente las ranuras.

Todo parecía indicar que la espera para que mi lugar feliz (en el que aunque no lo crean, pedía sorprendentemente poco) se vuelva realidad, iba a ser interminable, insufrible. El pajarito carpintero en mi cabeza me lo recordaba todo el tiempo, me daba una imagen clara de los trozos en los que se dividió todo lo que alguna vez fue entero.

Y nunca voy a poder darme cuenta del momento exacto porque para ese entonces no le prestaría la atención que necesita para seguir alimentándose, pero en algún momento lejano, perdido en mis días de felicidad, ese monstruito que me tatuaba su cara en el corazón iba a parar.

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