De aristocracias y purezas
El pueblo siempre había estado regido por una moral inquebrantable y ridícula, y todos la respetaban con rigor.
Las divisiones sociales siempre tuvieron algo de patético. No hay parámetro normal, y aquel que se dice liberal y abierto miente descaradamente: las personas ajenas a su posición le causan cierto rechazo, consecuentemente desdén, consecuentemente ¿la moralidad dónde la dejamos?
Los caballeros de la Corte Real rieron apropiadamente ante el mal chiste del Rey. Estaban pasando un lindo falso momento.
Porque todo allí era superficial. Las miradas respetuosas -¡já! Esa es una descarada- , la atención que prestaban a las charlas –este hombre es un constante sin sentido- , los rulos ostentosos cayendo en las caras de las duquesas. Todo era de plástico, recaía ahí, sin vida, sin gracia, sin originalidad.
Esa fue la noche de la catástrofe. La cena se está dando de maravilla, comentaban los nobles. Palabrita superflua va, frase superflua viene, a María infaltablemente se le resbala el vaso que le acababa de servir Pedro -¡que no se entere! ¡que no se llegue a enterar la nobleza de que conocía el nombre de uno de los sirvientes blancos!- y los dos, él cumpliendo con su deber y ella de atolondrada, se acachan a buscar los restos del vasito que causó el horror. Choque entre las dos cabezas. La Corte, la Nobleza y hasta los perros del palacio enmudecieron.
Los caballeros de la Corte Real rieron apropiadamente ante el mal chiste del Rey. Estaban pasando un lindo falso momento.
Porque todo allí era superficial. Las miradas respetuosas -¡já! Esa es una descarada- , la atención que prestaban a las charlas –este hombre es un constante sin sentido- , los rulos ostentosos cayendo en las caras de las duquesas. Todo era de plástico, recaía ahí, sin vida, sin gracia, sin originalidad.
Esa fue la noche de la catástrofe. La cena se está dando de maravilla, comentaban los nobles. Palabrita superflua va, frase superflua viene, a María infaltablemente se le resbala el vaso que le acababa de servir Pedro -¡que no se entere! ¡que no se llegue a enterar la nobleza de que conocía el nombre de uno de los sirvientes blancos!- y los dos, él cumpliendo con su deber y ella de atolondrada, se acachan a buscar los restos del vasito que causó el horror. Choque entre las dos cabezas. La Corte, la Nobleza y hasta los perros del palacio enmudecieron.
Y se escucharon risas. Espanto. Carcajadas. ¡Barbarie!
Pedro y María reían. No así como así: reían juntos. Tirados en el piso, doblados. Y fue real.
Lo único real que habían presenciado esas personas llenas de moralidad y de falso discurso.
Esa distancia aparente es la que nos envenena. Todos deberíamos saber que nos moldea el vacío, que salimos del polvo y allá es a donde vamos.
Es que también somos risa y no tanto piel ni frontera.
Pedro y María reían. No así como así: reían juntos. Tirados en el piso, doblados. Y fue real.
Lo único real que habían presenciado esas personas llenas de moralidad y de falso discurso.
Esa distancia aparente es la que nos envenena. Todos deberíamos saber que nos moldea el vacío, que salimos del polvo y allá es a donde vamos.
Es que también somos risa y no tanto piel ni frontera.
Comentarios
Publicar un comentario