De la mente
A veces montaña rusa.
Porque las palabras salen y es una catarata incontrolable, un volcan en erupción, una anciana enojada con el conductor de su programa favorito. Y a veces entran, las palabras entran y son puñales, agujas, hilos cosiéndome por dentro, guardándome la lengua, callate nena, no te das cuenta que esas cosas no se dicen, no se piensan, no se consideran.
Y el inquilino me mata, prepara guerra, se asegura de no destruirme la consciencia para que me de cuenta, enterate que te estoy haciendo añicos, enterate, así sufrís peor y más profundo y más desagradable; casi tanto como un divorciado pagándole a una puta dos migajas, dos migajas por un poco de su dignidad, por un poco de la de él que ya casi le da igual pero lo hacen peor hombre y eso es mil veces más grave que el orgullo; bah, que el respeto.
Casi me ahogo en mis propios pensamientos y parece que en mi mente no existe tal cosa como el salvavidas; casi, porque a veces me despejo, pero en realidad no. Porque no, porque es una pantalla, un lcd, un led de ochenta mil pulgadas de fondo en ese lugar chiquito lleno de pequeñas personitas resignadas y bullientes de contradicciones que se hizo mi cabeza; como un departamento en Larrea, Once, lleno de expectativas destruidas: por lejos más terrible que aquel sin esperanzas.
Y viajo lejos de mis alrededores. Con suerte me pierdo, me despisto, me olvido de lo que debía hacer para atender al llamado de la moralidad repitiéndome callate nena, ves que tenés una mente inverosímil y estúpida, no te das cuenta que no vas a llegar a nada si seguís así, siempre repitiendo, monótona, aburrida, sin sentido. A veces la callo. Sé que puedo.
Pero el inquilino se entera de que su tiranía domina, me gobierna, me rige, me reprime. Se vuelve loco de celos y se da cuenta que le falta poder; igual me encuentra navegando y hundiéndome en un lugar donde no me ve, donde no llegan sus manos estratégicas, sus dedos finos y raquíticos a destruirme el pasaporte, sacarme la visa, llenarme de burocracia sindical y lo que es peor; de burocracia mental, miedos, llena de falsas opiniones y gestos y el qué dirán. Mirala a aquella, queriendo irse donde su posición no la deja.
Pero se me rompe el barco, mi avión tiene fallas en la turbina, mi helicóptero pierde una hélice, voy sin gas en mi globo aerostático. Ahí es cuando ríe devuelta el inquilino, triunfante, pero el que ríe último piensa más lento hombre, le digo, y a veces...
A veces ruleta rusa.
Porque las palabras salen y es una catarata incontrolable, un volcan en erupción, una anciana enojada con el conductor de su programa favorito. Y a veces entran, las palabras entran y son puñales, agujas, hilos cosiéndome por dentro, guardándome la lengua, callate nena, no te das cuenta que esas cosas no se dicen, no se piensan, no se consideran.
Y el inquilino me mata, prepara guerra, se asegura de no destruirme la consciencia para que me de cuenta, enterate que te estoy haciendo añicos, enterate, así sufrís peor y más profundo y más desagradable; casi tanto como un divorciado pagándole a una puta dos migajas, dos migajas por un poco de su dignidad, por un poco de la de él que ya casi le da igual pero lo hacen peor hombre y eso es mil veces más grave que el orgullo; bah, que el respeto.
Casi me ahogo en mis propios pensamientos y parece que en mi mente no existe tal cosa como el salvavidas; casi, porque a veces me despejo, pero en realidad no. Porque no, porque es una pantalla, un lcd, un led de ochenta mil pulgadas de fondo en ese lugar chiquito lleno de pequeñas personitas resignadas y bullientes de contradicciones que se hizo mi cabeza; como un departamento en Larrea, Once, lleno de expectativas destruidas: por lejos más terrible que aquel sin esperanzas.
Y viajo lejos de mis alrededores. Con suerte me pierdo, me despisto, me olvido de lo que debía hacer para atender al llamado de la moralidad repitiéndome callate nena, ves que tenés una mente inverosímil y estúpida, no te das cuenta que no vas a llegar a nada si seguís así, siempre repitiendo, monótona, aburrida, sin sentido. A veces la callo. Sé que puedo.
Pero el inquilino se entera de que su tiranía domina, me gobierna, me rige, me reprime. Se vuelve loco de celos y se da cuenta que le falta poder; igual me encuentra navegando y hundiéndome en un lugar donde no me ve, donde no llegan sus manos estratégicas, sus dedos finos y raquíticos a destruirme el pasaporte, sacarme la visa, llenarme de burocracia sindical y lo que es peor; de burocracia mental, miedos, llena de falsas opiniones y gestos y el qué dirán. Mirala a aquella, queriendo irse donde su posición no la deja.
Pero se me rompe el barco, mi avión tiene fallas en la turbina, mi helicóptero pierde una hélice, voy sin gas en mi globo aerostático. Ahí es cuando ríe devuelta el inquilino, triunfante, pero el que ríe último piensa más lento hombre, le digo, y a veces...
A veces ruleta rusa.
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