Lo veo como un factor obvio y sabido el hecho de que nadie tiene calculado nada. Nadie puede hacer planes con detalles específicos, pasos pautados, decisiones tomadas y habladas sin que algo los altere.
Así como nadie puede evitar que sucedan las cosas que menos se querían.

Ponganlé que esté hablando de los enamoramientos. Pongalé.

¿Quién diría que el fiestero interminable, la del caparazón irrompible, el del desdén hacia el resto de la humanidad se enamorarían?

Nadie.

Y sin embargo así lo hacen. Sin planearlo, sin predecirlo. Sin saber cómo carajo reaccionar ante tantas cosas juntas. Sin embargo sabiendo que tantas sonrisas infinitas, tantos suspiritos colgados en otro planeta y tanto rosa tienen que tener algo de dolor a cambio. El miedo es lo que condiciona, es lo que trastorna e inventa esos juegos que le agregamos a lo único que nos hace ver a alguien perfecto. Y miren qué irónico que lo único más fuerte que el miedo es la esperanza.

La esperanza, cuando no corresponde, es la que nos mata.

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